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Premio Internacional de Poesía y Relato Breve
TILO WENNER
-2003-
Relato Breve

1º Premio: Marcia Escala de Buenos Aires (ARG.) con "El pescador".
2º Premio: Diego G. Martínez de Buenos Aires (ARG.) con "Boletos para la lluvia".
3º Premio: Dora Goldemberg de Santiago (CHILE) con "Blanco y Negro".
4º Premio: Marcelo Valenti de Rosario, S. Fe (ARG.) con "Sala Shomt".
5º Premio: Diana Sánchez de Buenos Aires (ARG.) con "Cuerpo borrado".
1ª Mención: Esteban Leones de Concordia, E. Ríos (ARG.) con "Collage".
2ª Mención: Marcelo Valenti de Rosario, S. Fe (ARG.) con "Viuda de guerra".
3ª Mención: Dietris Aguilar de Lomas de Zamora, Bs. As. (ARG.) con "La bestia".
4ª Mención: Diego G. Martínez de Buenos Aires (ARG.) con "Alina".
5ª Mención: Walter Tresols de Oberá, Mis. (ARG.) con "Terminal".


1º Premio
El Pescador

Lo sobresaltó el tirón de la cuerda. ¿Habría algo por fin? No sería la primera vez que el deseo lo llevara a confundir un movimiento o un simple enredo de sogas, con un pez. La red flotaba ahora sólo movida por la turbulencia del mar. Otro tirón. Con suerte no iba a llegar a su casa con las manos vacías. Tantas horas de espera en esa tarde inhóspita. El cansancio marcándose en la cara, el cuerpo entumecido. En el muelle no había nadie, excepto un perro anhelante que esperaba a cierta distancia. Los demás pescadores se habían ido hacía ya largo rato. El frío, el viento y el escaso pique los habían disuadido. El no quiso aflojar con la tozudez que a veces suele producir la desesperación.
Un nuevo tirón. No cabían dudas; había algo. La sujetó con fuerza, tanta como la del pez. Debía ser enorme, luchaba con vigor. La red pesaba mucho, se tensaba incrustándose en las manos. Por momentos parecía a punto de romperse.
Intentó ver qué pieza era; la escasa luz, el oleaje, se lo impidieron. Solo frente al mar embravecido, nadie para ayudarlo. Los últimos rayos de sol se caían en el horizonte. Las gaviotas buscaban refugio entre las rocas.
La red se sacudía, cada vez más tirante. Los nudillos se le blanquearon, en las palmas fueron apareciendo unas grietas rojizas. Se afirmó contra unas maderas del muelle. No podía dejar que se le escapara. Uno de los convulsivos movimientos descubrió parte de una gran forma de color plateado blanquecino. Era enorme, el pez más grande que jamás imaginara conseguir. No de los depredadores; habría roto la red inapropiada para ese tipo de animales, a mordiscones.
Era sorprendente la resistencia. Debía controlarlo, evitar que se escapara. Un nuevo e infructuoso intento por dominarlo lo dejó casi exhausto. Así no lograría subirlo. Rápidamente ató los extremos de la red a las maderas que le habían servido de apoyo. Agarró el arpón. El primer golpe no dio en el blanco, tampoco los tres siguientes. Fue en el quinto cuando logró su objetivo. Hubo aun algunas sacudidas aunque más débiles. Después las sogas se aquietaron. Un gran manchón rojizo se fue diluyendo en las aguas revueltas. Por fin, era suyo. Ahora el último esfuerzo. Subirlo al muelle.
Era tan pesado, tan grande … Con dificultad lo fue llevando. Por fin, ya estaba. Totalmente inmóvil sobre el piso. No desenredó las cuerdas de inmediato; necesitaba recuperarse del agotamiento. Le dolía todo el cuerpo. Del sol quedaba un reflejo violáceo que se iba perdiendo en el cielo.
Al cabo de un rato abrió la red. Lo primero que vio fueron los ojos enormes, abiertos, mirándolo sin vida. En ese momento tuvo la certeza de que jamás los olvidaría, hasta el momento de su muerte. Y quizá más allá de ella también. Estarían presentes como un mal sueño, esos que parecen adherirse a la piel, a los sentidos. Contempló largamente el arpón incrustado entre los pechos pequeños.
Entonces con un póstumo esfuerzo, los movimientos lentos, acercó la red al borde del muelle, la volcó al mar. La vio hundirse. Los cabellos fueron lo último; permanecieron flotando un rato para luego desaparecer perezosamente en las aguas. Quedó un tiempo interminable quieto, la mirada perdida aun cuando ya no podía verse nada.

Marcia Escala
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2º Premio


Boletos para la lluvia


En las calles se escucha el crujir silencioso de los adoquines recalentados y el suave respirar de tu cuerpo vivo.
Cuando la gente llegue ya nos habremos ido, recorriendo los tramos que no conocemos.
En aquella esquina vocifera un hombre solo, ofreciendo los boletos para ver la lluvia en esa misma tarde.
"Por 30 centavos admire la belleza de la lluvia. Sólo 30 centavos. Tenga su boleto. En 15 minutos comienza el espectáculo."
Y hace tanto que no la sentimos, no sabemos nada de la lluvia, que hurgamos en los bolsillos en busca de la salvación.
¡Qué gran desolación! Ese hombre, parado en la esquina desierta, como si todos hubieran emigrado hace instantes; con el cielo gris preparado para caer y las hojas de los árboles cargando con la pesada humedad.
"Deme dos."
Extiendo mi mano y deposito en su boina lo justo. La perspectiva de una calle descubre el río al fondo, confinado al último lugar, alterado violentamente por un viento que no existe, que no mueve ni un pelo.
El hombre nos da los boletos numerados, que coinciden con las únicas dos banquetas plegables que coloca en el medio de las cuatro esquinas. Los números están impresos borrosamente en los asientos de chapa.
"En menos de 5 minutos", nos dice.
La falta de ruidos se hace insostenible, deseamos ferozmente el comienzo.
Ya sentados en el medio de la intersección, te convido a mirar hacia arriba; en el cielo encapotado se distinguen manchas más oscuras. Tomás mi mano y sonreís. Acabás de sentir la primera de las gotas, que se desglosan con impaciencia, como perlas que escapan de un collar cortado.
El calor insoportable se retira vencido por la lluvia presurosa. Aparecen, de a uno, los sonidos que produce. Puedo identificarlos, de a uno: cayendo sobre las hojas del eucaliptus; golpeando el cordón a mi derecha; tintineando en la canaleta de esa casa; llenando el cuenco de tu mano.
Música, dulce música que se complace en respetar nuestro momento.
El hombre de los boletos no nos defraudó. Apenas comenzó la función, se retiró dejándonos en paz.

Diego G. Martínez
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3º Premio

Blanco y Negro

Ella sentaba frente a la ventana y remendaba su vestido:
Su vestido blanco.
Tenía muchos pedazos de tela, hilvanados y cosidos año tras año:
Una blonda en el escote, una alforza en la cintura, las mangas ribeteadas con cintas.
Según dictara la moda:
El ruedo subía o bajaba.

Los vestidos negros eran otra historia:
Los compraba en las ferias:
Organzas, tules, sedas, crepes, tafetanes y terciopelos --negros como el ébano--:
Cada entierro: un vestido negro a la moda:
Siete maridos: siete vestidos.

Ese Jueves venía don Silas Gómez a visitarla --después del té jazmín con magdalenas: un vasito de oporto--. Una breve charla; una invitación al concierto del Domingo, después de misa.
-- "Nos vemos entonces" --dice ella, mientras cierra la puerta con sigilo.
Luego va a su cuarto y elige cuidadosamente su atuendo.
Mientras --en su maleta-- descansan, apaciblemente: su vestido blanco y UN vestido negro...esperando.

Dora Goldemberg
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4º Premio

Sala Shomt

Voy hacia la Morada Exterior, donde habita Dama Shomt.
A través de un hueco en un muro, veo pequeños asesinos vestidos de negro. Cortan tiras de piel blanca de un abdomen abultado. El muerto tiene el rostro cubierto. Los observo con dos dedos sobre los labios. Uno de ellos me descubre.
-Buscamos al cebado con diamantes. ¿Acaso usted....?-pregunta sin fin el pequeño, la garganta ahogada con capullos de seda.
Niego con un vaivén de cabeza. Los labios, azules, me duelen.
Mi interlocutor se encoge de hombros, se une a sus compañeros, continúa la faena.
No me atrevo a correr. Llego tardísimo a la Morada Exterior.
Por los pasillos, mar gelatinoso de rumores. Una multitud se desplaza por ellos, intercambiando mensajes. Yo recibo un cartoncito hereje, blanco y negro, ojos paranoicos que se abren y se cierran según la incidencia de la luz.
Dama Shomt grita al verme llegar. Lleva tantas vueltas de perlas que su vestido no se ve y su perfume se apaga. Me da dos besos sonoros. Ya están allí: Dama Leu, la actriz; E-Shi, traficante de lógica onírica; el señor Tkas.
-Ahora que estamos todos, pasemos a la sala.
La seguimos como esquirlas esenciales, posando puntas de pie en islas irisadas que flotan en mar de mercurio.
La sala es un octaedro de luz celeste.
Dama Shomt se detiene ante la puerta.
-Queridos amigos: el secreto de la invitación se develará pronto. Sembré colores y estos tomaron las paredes. Esta noche vendrá una multitud a devorarlo todo. Pero antes, quería compartir esta desmesura con ustedes. Adelante.
En el centro de la sala un reloj de arena.
Espirales, aullidos, silencios, abismos, palabras, rencores: cada color talla las paredes según su textura.
Dama Leu, la actriz, que a su vez es espejo de otras actrices, punta del iceberg de una red de semejanzas que labra el infinito, pregunta.-¿Se puede tocar?
Dama Shomt asiente.
E-Shi evalúa, con gestos de conocedor, colores útiles para el ensueño.
El señor Tkas permanece encendido de ironía. Quiere atraer la atención de Dama Shomt con su habitual rosario de malos agüeros.
-¿La multitud, Dama Shomt? Pero...pero no, eso no puede, no debe ser. Es un horror.
-¿No va a aprovechar amigo Tkas?
-¿Aprovechar?
-Aprovechar, si. El tiempo pasa.
-Y pensar que casi no vengo- me confiesa Dama Leu- Me hubiera perdido todo esto. Lástima que nuestra amiga lo haya invitado a Tkas. Es una relación incomprensible.
Cuando el último grano de arena encontró su ubicación en la cavidad inferior, sonó un gong.
Dama Shomt dijo: Señores....amigos....he aquí la multitud.
Las puertas se abrieron de par en par. Sedas verdes, plumas negras, vahos dulzones, cabellos tejidos, bocas masticadoras, palabras palabras palabras. Nos envuelve un tornado de gestos y miradas.
Dama Leu se apoya en mi brazo :-Estoy mareada.
Epicentro de la vorágine, Dama Shomt gira sobre su propio eje, tintineando.
La turbulencia dura minutos. Luego, todos se prenden a las paredes. Lamen, muerden con fruición. Se funden, inmóviles, convertidos en formas de estuco. Todo se vuelve color celeste.
Dama Shomt dice:- Los que comulgan piedra, participan de la eternidad.
Nos invita a salir.
Dama Leu murmura en mi oído:- Una suerte la abstinencia cuando forma parte de la intuición.
A nuestras espaldas, el señor Tkas dictamina:-¿No les pareció un espectacular esfuerzo de ornamentación?


Marcelo Valenti
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5º Premio
Cuerpo borrado

El alba se fue desprendiendo pesadamente de la noche. Luz de rosas, parecía el campo.
Un olor a azucenas recién cortadas, atravesaba el aire.
El camastro de Austrasia Galesvinta Rashminienko yacía en el medio del gallinero. La Austrasia tenía los ojos cerrados y la boca abierta, llena de trapos. De trapos de colores fuertes, chillones. Parecían pañuelos. Alguien, se los había traído de Rusia, seguramente.
La colcha tejida por la Austrasia, de joven, la tapaba hasta el pecho. Una mano había quedado afuera y colgaba muy cerca del suelo.
Mirka, la perra, vieja y sucia como ella, lamía desconsolada la mano de su dueña.
No estaba el marido, ni los hijos. Los hermanos, cuñados. Sobrinos. No estaban los nietos de la Austrasia. Ni las comadres, estaban.
La puerta del rancho había quedado abierta. Caídos sobre el mantel de hule pegajoso, el mate y la bombilla. También una carta con manchas de yerba, rota por la mitad. La silla de la vieja, patas arriba, y las matrioshkas, orgullo de la Austrasia, desparramadas en el piso.
En la olla quemada, los varenekes, yacían tan fríos como la vieja.
El sol de Enero subió como una bola de sangre y se derramó a sus anchas sobre la frente de la Austrasia. Sobre los párpados, la nariz. Sobre el cuello hinchado y nudoso.
Nadie se acercó al camastro, ni al gallinero.
Cuando la tarde empezó a quebrarse, las gallinas se treparon al cuerpo inerte de la vieja. Con movimientos cortos, rápidos, picoteaban los trapos que le sobresalían de la boca. De a poco los arrancaron y se los fueron disputando. Los trapos, agónicos, se deshilachaban en el aire del verano. Prevalecía el rojo.
El horizonte se fue adormeciendo en una línea de fuego. Las gallinas, como en un pacto secreto, bajaron del camastro y empezaron a subir a los árboles.
Mirka, no se movió del gallinero, sólo refugió el hocico entre las patas. Y cerró los ojos.

La policía llegó tres días después.
Dieron vuelta el rancho y por fin, el oficial, limpiándose la boca con la manga, arrojó a la zanja la botella de vodka vacía, tesoro de la Austrasia. Después, con un grito, le ordenó a su ayudante que acogotara alguna gallina, no muy vieja, para el puchero. Y con paso cansado, se acercó al camastro.
Pero la Austrasia no estaba muerta. Ni viva.
Acostada en su lugar, habia una matrioska enorme, rozagante.
La piel de la frente era puro nácar. Los ojos, azules intensos. El pelo rubio con hebras blancas, estirado debajo del pañuelo. Los labios parecían una dalia a punto de estallar.
Apenas el hombre se inclinó para tocarla, la matrioshka gritó. De su boca salieron pañuelos de colores que volaron contra el viento. Prevalecía el rojo.
El oficial terminó sus días en el loquero, al final del pueblo. Se le aceleró la muerte, dicen, de tanta ginebra que se hacía llevar, transparente, como el vodka.
Desde entonces, cuando los viejos olores quemados por el viento anuncian el fin de la tarde, desde el corazón del gallinero crece un grito hasta alcanzar la luna.

Diana Sánchez
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1ª Mención

Collage

I

- Estoy muy nervioso -dijo Lucas -. Anoche casi no pude dormir pensando en esa fiesta. Nunca me invitan. ¿Por qué ahora? Lo hacen para burlarse de mí. Siempre es así.
- Sé optimista -dijo el psicólogo -. Seguramente "ellos" han recapacitado en su actitud. Han terminado por aceptarte...
- No sé. Si no voy me evito un mal rato. Sin embargo, cabe la posibilidad de que me divierta... O se diviertan mi costa.
- Te aislaste del mundo. Lo que te une a él es este consultorio. Hay que regresar, Lucas...Esta fiesta puede ser tu pasaporte de vuelta. Pensálo.

II

- Si, soy un compañero de escuela. Lo único que tengo que decir es que... este... Bueno, lo digo, ¡qué tanto! Para mí es medio marica. No se junta con nosotros, ni con las chicas. Bue...alguien así está en el medio, ¿no?...
- ... y en fin, como vidente, puedo decirle lo que percibí en Lucas: el Mal.
- Fue un amigo excepcional. Nunca conocí un chico tan dulce, tan humano... Después nos distanciamos. Leo novelas, ¿sabe? Es como un caballero de la edad media. Si creyera en la transmigración de las almas, pensaría que vino de esa época. ¿Si en realidad lo creo? No. Es sólo una hermosa fantasía. No, nunca se atrevió conmigo. Siempre me trató como a una hermana. Lucas es un ángel.
- Sin dudas es el mejor de la clase. Al menos en mi materia. Y eso sí, muy respetuoso. No como los otros que vienen a perder el tiempo. No, no me parece extraño, usted sabe, algunos adolescentes son así, introvertidos... Ya le digo, es muy buen alumno.
- La madre tiene la culpa. Lo sobreprotegió demasiado. No es cosa de vecina chismosa, pero me da la impresión de que no lo deja salir... En fin, viuda la pobre, volcó su amor en ese hijo único. ..

III
El silencio se apoderó por completo de la noche. La figura de un joven quebró la soledad, pero no el silencio y el tiempo pareció detenerse por una eternidad.
Lucas caminaba buscando la casa donde se celebraba la fiesta. Comenzó a recordar la noche anterior, tal vez porque había visto la luna, que también estaba en su sueño. Llegaba a la reunión y todos callaban. Alguien salía del grupo. Tenía un revólver en la mano. Sin piedad, le disparó. Mientras se desangraba, el asesino se le acercó. Lucas lo vio y fue como mirarse en el espejo.

IV
"Quiero contar lo que me pasa en este diario. No sé cómo empezó esto. De un día para el otro sentí que no estaba integrado al mundo..."
"Es inexplicable, es como una sensación de nada."
"No sé quién soy. Siento vergüenza de mí. Por eso, continuamente, me fabrico máscaras para que no me vean como realmente soy. Pero, esa máscara que parecía de hierro, es de hielo y ya no cubre lo lastimoso, detestable y nauseabundo que soy."
"Hay otro ser en mí."
"Odio a las personas, a todos, a mí mismo..."
"Todos se burlan, me juzgan, también me odian."
"No entienden que todo lo que hago, no lo hago yo."

V
La casa de la fiesta dominaba la colina como una fortaleza.
Lucas golpeó la puerta y una muchacha le abrió. La música fuertísima, que creyó no haber oído antes lo invadió, como si lo esperara a él para sonar. Desde donde se encontraba, pudo ver chicas y chicos bailando.
De pronto, todo terminó: la música, la diversión... La quietud era desesperante. La gente lo miraba. La joven que estaba en la entrada, le preguntó:
- ¿Quién sos?
- ...Lucas... - dijo sin comprender.
- ¿Qué decís? Vos no sos Lucas - dijo la joven y cerró la puerta.

Esteban Leones
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2ª Mención

Viuda de guerra

-¿Vas a salir?
Se tuvo que desatragantar de perlas para hablarme. Maldita costumbre de andar con el rosario pegado en la boca, como si marcara con la lengua cada avemaría. Se levantó a duras penas. Estaba frente a la hornacina de patio (había cambiado la "Venus naciendo de las olas" por la Virgen Desatanudos). Ni siquiera se sacudió las rodillas, sucias de la genuflexión constante. Como si en los rezos y el baboseo del rosario hubiera información sobre el suicidio de Alejandra.
-Me veo con los chicos. Es sábado.
Marita torció la boca en un gesto que quiso reflejar preocupación y resultó despectivo. Quién sabe que fantaseaba sobre los encuentros con mis amigos. Sospeché que me culpaba de ser impedimento para lograr una iluminación.
-¿Tenés miedo de quedarte sola?
Chasqueó la lengua y la fugaz inclinación de cabeza pareció un tic.
¿Por qué no mirás la televisión?
-Pasan todas porquerías.
-Poné la radio, entonces, la emisora de música clásica...
Se llevó el rosario a la boca y habló entre perlas.
-Volvé temprano.
Se metió, trágica, en la cocina. Esperé un momento. Escuché los bisbiseos. Esta vez no se había puesto a llorar.
Al ver en lo que se había convertido, prefería a la solterona que nos recriminaba, a Alejandra y a mi, que nunca se había casado por nuestra culpa. Alejandra no necesitaba otra provocación, para contestarle.
-Estás a tiempo todavía. Buscate un macho, seguro que recuperás el tiempo perdido.
Cuando la discusión se volvía demasiado violenta, me encerraba en mi habitación, con la música a todo volumen. Alejandra no tenía pelos en la lengua. Marita tampoco. Sus alumnos se hubieran sorprendido del repertorio de palabrotas de la pulcra profesora de inglés.
-Chau- grité y los bisbiseos se hicieron mas audibles.
En el pasillo, apenas titilaban dos lucecitas.
Nuestra vecina escuchaba cumbias hasta tarde. Era viuda de guerra, una categoría extraña entre nosotros, mas propia de otros países, o que nos remitía a la siempre mal aprendida historia de las luchas por la independencia.
-Me llevaron un marido lleno de vida y me lo devolvieron en un cajón- decía Ana y se tomaba una ginebra.-Yo no me caso mas. En este país a todos los maridos te los matan jóvenes. Con el primero me pasó lo mismo.
Se había teñido de un rubio insólito para su tez oscura. Alejandra, que la quería tanto, le había aconsejado que intentara un caoba.
-No, nena, no, que así quedo como una rubia de New York.
La puerta de su departamento se abrió de par en par y asomó Gringui. Por coherencia en las clasificaciones, el huérfano de guerra. Aparecía mágicamente, cada vez que salía de noche. Nunca logré descubrir si tenía un puesto de observación o si guardaba una atenta espera, el oído pegado a la puerta.
-Hola, ¿qué tal me queda este look?- Y se acomodó en pose para que le diera la luz de su patio.
Ay Gringui, Gringui. El cabello reducido a una pelusa castaña, enano, con un buzo fucsia.....y era obvio que algo se ponía en la cara, lo había visto de día y la piel del rostro estaba llena de marcas.
-¿Y?¿No decís nada?¿Cómo quedo?
-Quedás.....quedás como un extraterrestre.
Seguí caminando, con la imagen de sus ojos desorbitados, su boca abierta. Me golpeó el ramalazo de sus puteadas mentales. Pero no me importó. Yo había alcanzado la puerta y la noche.

Marcelo Valenti
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3ª Mención

La bestia


Lo había encontrado sentado junto al ciprés cuando llegó. Tenía un rostro horroroso, pero siempre supo que si lo besaba, él volvería a ser un príncipe. Mas no podía. Esa monstruosa apariencia la hacía desistir. Sin embargo, sus codiciosos deseos la obligaban a acometer tal empresa.
En una tarde azul de septiembre, lo besó. Cerró los ojos y esperó a que se produjese la tan ansiada mutación, pero la bestia había desaparecido. Ella lo buscó por todas partes inútilmente.
Al día siguiente, desde la ventana de su cuarto, lo vio de espaldas, frente al río. Corrió hacia él, pero con desconcertado horror descubrió que seguía siendo una bestia. Ante su intento de fuga, él la retuvo preguntándole:
- ¿No te dijeron, acaso, que también debo poseerte?
Llegó la noche y ella se consoló pensando que, desde la mañana siguiente, sería una princesa. Desgarradores gritos y gruñidos furiosos surcaron el silencio de la noche.
Al despertar, luego de la sangrienta cena, la bestia esperó sentado junto al ciprés a que llegara su próxima "princesa".

Dietris Aguilar
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4ª Mención

Alina

Alina prepara la cena; pescado de mar sobre verduras multicolores. Un vino suave, blanco, delicado aroma de maderas y frutas. Es el preferido para aclimatar la velada. Pedro adora estos detalles: el cabello recogido de Alina sobre la nuca, sus pies descalzos, una tela clara que cae sobre su cuerpo hasta los tobillos, la despreocupación que reina en su interior.
Cenan. Alina come con una sonrisa permanente, infantil; Pedro saborea complacido los trozos sin espinas, y forma banderas y estandartes en su plato: un círculo de zanahoria, un rectángulo de arvejas, dos espinas cruzadas como sables. No hablan. El vino se desliza en la cabeza de Pedro, juguetea en su sangre, gira en sus ojos y afloja los músculos de su cuerpo. Sus brazos gigantes, anchos como troncos nudosos, sus manos ásperas, el cuello fornido, todo su cuerpo agarrotado se distiende luego de la labor exigente en las minas de oro.
Pedro cae rendido en la cama, Alina le quita las prendas y se recuesta a su lado. Sus dedos mágicos recorren los rulos cortos y negros, siguen las curvas de la oreja, una y otra vez; sus dedos pasan por la frente dorada, de este a oeste, acarician suavemente los brazos velludos, esa vegetación oscura y permanente. Sus dedos dibujan la forma del pecho, rígido, masculino; dibuja también el círculo de la tetilla, erizándola, elevándola. Pedro duerme, plácido. Alina entrecierra los ojos y comienza a oír el rumor. Pedro emite sonidos, emite una señal radial; tenue, muy tenue. Es un zumbido en la noche, en la casa de madera, en la habitación blanca, un rumor que contiene voces susurrantes, con tonadas lejanas de fondo. Uno noche de truenos y relámpagos, recuerda, distinguió por breves segundos el acento europeo del locutor.
Alina inclina su cabeza junto a la de Pedro, en silencio, y se deja arrullar por el murmullo. A veces tararea las pocas canciones que distingue, dulces voces femeninas entre pianos y violines.
Alina no sintoniza, solo se deja llevar por la señal. Esa señal que Pedro recibe las noches en que el mar golpea sonoramente sobre las rocas de la costa, afuera de la casa.
Finalmente, también ella se duerme, reteniendo para sí el secreto que Pedro desconoce desde siempre y no imagina.

Diego G. Martínez
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5ª Mención

Terminal

fue el atardecer en que los huesos confluyeron otros y el paraíso se alineó como vértebras en tu espalda que ya no volvió a estar erguida
era silencio y mediodía en plena oscuridad del sur
un abismo hecho de relojes y partidas
un colectivo siempre a punto de salir
hay en el aire un presagio de ladridos
la vieja que come picadillo en el banco de enfrente en poco tiempo más va a eructar
cuánto tiempo
seré capaz de calcular
llegará el olor hasta vos mezcla de bilis regurgitada carne rancia alcohol fermentado preanunciando el vómito
el paisaje es tu piel que creés ahora no te abandonará ni en la muerte
un fantasma de vos nos mira
vos te hacés el desentendido
yo trato de seguir escribiendo sin que ninguno de ustedes me distraiga
la vieja lo mira pasar como seduciendo
espera que se acerque calcula eructa
perdiste
olió el fantasma
quién de los cuatro será el muerto esta noche pensamos los cuatro a coro
yo no contesto
vos no sabés la respuesta
el fantasma se ríe
la vieja se descalza
los hongos en los pies le llegan hasta los tobillos
entre los hongos viven piques
una perra pasa arrastrando las tetas por el piso
la perra no aguanta el olor a patas de la vieja viene hasta mí pide compartir mi comida
yo como todas las noches almuerzo de prestado tus criollitas
no te pregunto y comparto: una para la perra otra para mí
vos te ponés incómodo
la perra se va
parece que la vieja se cagó
dejo las galletitas
la gitana que pasa mira como para saludar
saluda a la vieja que le ofrece el fondo de la lata de picadillo
la gitana también come
vos volvés a escuchar ladridos
algo empieza a preocuparte
reparás en el peso de los cuerpos cuando la hija de la gitana entra corriendo
te pisa
no te ve
a veces los dos creemos que vos no existís
yo no puedo dejar de escribir y lamento no poder fijar la atención en el alrededor
hay movimiento de colectivos afuera tal vez algún muerto
la noche es el mejor lugar para dudar de uno mismo
habrá cielo todavía - te pregunto
cuántos años tendremos
entran tipos de anteojos oscuros trayendo coronas
hay un destinatario y no se da por aludido
deberíamos aprender a ver crecer el pasto al revés - pensás
ahora la vieja vomita
vos no alcanzás a correrte
la gitana se ríe y dice - te avisé querido
la gitanita chapotea en el picadillo reciclado
yo llego al final del paquete de galletitas mientras no dejo de escribir
el sol empieza a descender con una naturalidad sospechosa
la perra ya no ladra o tal vez nunca ladró


Walter Tresols
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Premio Internacional de Poesía y Relato Breve
TILO WENNER
-2003-
Poesía

1º Premio: Lídice Alemán (Ciego de Avila, CUBA), "En el nombre del padre y del Hijo y del Espíritu Santo"
2º Premio: Antonio Polo González (Madrid, ESPAÑA), "Testamento".
3º Premio: Guillermo Coulter (Rosario, ARG), "Puzzle de ciegos".
4º Premio: Martín Carlomagno (Paraná, ARG), "Están velando al poeta".
5º Premio: Andrés Bohoslavsky (Cipolletti, ARG), "Paré la guerra".
1ª Mención: Ariel H. Zagarese (Buenos Aires, ARG), "De mí: El silencio".
2ª Mención: Domingo López (Sanlúcar, ESPAÑA), "Estación de salida".
3ª Mención: María Ester Farías (Posadas, ARG), s/t (Como un árbol…, de "Media estrella fugaz").
4ª Mención: Norma Arceguet (Alta Gracia, ARG), "La princesita".
5ª Mención: Nahuel Santana (Buenos Aires, ARG), "En la barra 79, compañero sobreviviente recuerda".


1º Premio

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo


En El Nombre Del Padre...


Miro tus manos y temo
al rostro de lo que fue.
Me quiebra tanto lo que
desequilibra tu remo.
Sujetas firme el extremo
como quien espera más.
Tirita el ocaso. Haz,
padre, que el último rito,
tenga la clave del grito
y la embestida de un As,

para que abraces el fin
como entonces la mañana
y se condense la humana
lasitud del querubín.
Yo me quedaré en el ruin
silencio, en esta oquedad
asfixiante, en la verdad
que no comparto contigo,
para restarle un testigo
a tan necia oscuridad.


...Y Del Hijo...


Implacable como fuego
que sin quererlo me azota,
obligándome a la rota
fertilidad de este juego,
al desequilibrio, al ruego,
al invierno inconsecuente,
así destruyen el puente
que me conduce a la luz,
para que caiga la cruz
de punta sobre mi frente.


Sabrán que rompí el espejo
por su necedad amarga.
Soy espuma, fiebre, larga
desmotivación, reflejo
que me desintegra. Dejo
en cualquier copa mi vino.
Estoy inerme, el camino
va quebrando las raíces,
el sosiego, los matices,
la diana que nunca atino.


...Y Del Espíritu Santo (*)

(*) San Mateo 28,19


Fue simple para aquel dedo
cercenar cada peldaño.
Nadie calculó el tamaño
malévolo de su credo,
menos supuso este miedo
que se nos desbordaría.
Cayó la daga ese día
de bruces en el revés,
por salvar la sensatez
cuando la carne moría.


Después tan leve el gemido
mordió la risa y el traje,
para que fuera el ultraje
nuestro principal vestido.
Nos caló el terror. El nido
no logró salir ileso.
Fue todo ruinas; el hueso
se descarnaba y aquel
nunca se inmutó ante El,
tornando ballesta el beso.

Lídice Alemán
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2º Premio

Testamento

Hoy a tantos de tantos, en plenas facultades mentales y gobernando sobre lo que se podría denominar mi propia vida, he decidido legar todos y cada uno de los bienes que constituyen -sin paliativos- la mayor fortuna a la medida de los hombres.

Por tanto, hoy a la tierra quemada, primera estación de todos los desiertos, dejo el eco de las alondras.

A la niña del Pulitzer 94, a quién doblegó la miseria, le dejo la desbocada lluvia del arroz y los pies de una gacela para huir del hambre y la sabana.

A los meninhos da rua les dejo el estallido de mis riñones y una sonrisa.

A Francisco Montes, en usufructo permanente, le dejo la paz entre los círculos concéntricos de las carpas.

A los soldados y a los Poetas, cuyas espadas están manchadas de sangre y de hexámetros, la primera galerada del Libro de los Menesterosos.

A mis amigos les dejo un atardecer en Mantova mientras el sol se adentra en las aguas del lago.

Al vigía de la torre, la luz reveladora del mediodía y los caballos azules que anuncian precipitadamente las olas.

A Mohamed VI le dejo el inquietante sueño de los niños saharauis.

Y a mi mujer, con la que estoy permanentemente en deuda, le dejo diez minutos de todas las primaveras.

Para que así conste cuando llegue mi último día, dejo por adelantado estos bienes que constituyen -sin paliativos- la mayor fortuna a la medida de los hombres.

Hoy, a tantos de tantos.

Antonio Polo González
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3º Premio


Puzzle de ciegos


mientras suspende
el pensamiento
un color,
se
es ciego por dentro,

siempre nueva
tu cara llenaba
sonrisas
en el estrecho
sillón de mimbre,

pegaría pedacitos de
vos en un espejo,
a Paul Klee
le gustaría

ver
montañas rojas,
rubíes colgando
pechos
de amarillos flechazos
a un corazón sincero de
margarita,

desbaratando ventanas,
vestidos viejos,
encontrando el polvo,
en el polvo
de alguna noche desojada,

buscando pedazos
que faltan
sin saber
de donde,
sin saber hacia donde

Guillermo Coulter
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4º Premio


Están velando al poeta

Metió palabra en bolsa por sí la suerte.
Publicarán tres poemas suyos
en un papel mezquino
para que no lo olviden, será su muerte
muerte sin más explicaciones
que las del algún crepúsculo.

Nadie navegará en sus ríos
y la tarde será una mudanza en la camisa
para vestir la soledad.
Se morirá de sol, de viento,
de tristeza, de amor y de destierro
pero sin duda alguna será olvidado.


No habrá periódicos,
estará solo con su pala quebrada por la tierra
sin lágrimas de otoño,
sin canción de primavera.

Rendido como todos
sostenido por una sola pierna
se acostará en la noche sin estrellas
y ya no soñará.

Erguido por ser hombre.
Violento por ser poeta solamente.
Se secará en las hojas de algún árbol lejano
y solo será olvido para el que lo recuerde.

Martín Carlomagno
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5º Premio


Paré la guerra

Te va a parecer increíble
pero paré la guerra
estaba trabajando en el desierto
cuando vi pasar un tomahawk
y quise ver la hora
como el reloj se había detenido
tiré la palanquita hacia fuera
giré las agujas para atrás
al principio el misil se detuvo
luego comenzó a retroceder por donde había venido
sopló un viento fuerte
y aparecí de la mano de mamá
en la puerta de la escuela siete
era 1972
tenía mi viejo portafolio y un mantecol chico
me dio un beso, entré corriendo
saqué el cuaderno de geografía
tenía los deberes hechos
el mapa del Golfo Pérsico
me saqué un sobresaliente
le conté a la maestra la historia de los Persas, los Otomanos
los Árabes
sonó el timbre
pensé que papá tal vez venía a buscarme
nunca llegó
y me puse a llorar
como ahora en el desierto.

1ª Mención


De mí: El silencio

Al derramarse, una vez más, la última fresca-gota de agua que hizo culminar el llanto de la hoja seca, perduró un silencio.
Tanta tormenta tanta, tomada triste, de tus otros tiempos, de tus otros tintes, tanta tormenta del tiempo trunco, tanta tormenta turbia... para un silencio.

Y cuando deseas callar al mundo, un grillo te revive del fondo de un caracol (océano de piedra) que suelta su angustia en un pensar de amor, de ida o de vuelta, y desde el fondo te gritan:

- ¡Tanta tormenta tanta, tomada triste, de tus otros tiempos, de tus otros tintes, tanta tormenta del tiempo trunco, tanta tormenta turbia, tanta!... para un silencio.

De lectura se entierran los ojos en una sentencia viciosa mientras las palmas crean una cinta de cabellos en cueros, encuadernado, cocido con el alma del poeta singular, misterioso. La vista deslumbra una catarata de olores, de sentires y el sabroso añejo de sus páginas amarillentas (papiros codiciosos) se internan en las horas, en el placer indómito de una legión de sobrevivientes nocturnos que por un segundo suelen releer:

Tanta tormenta tanta, tomada triste, de tus otros tiempos, de tus otros tintes, tanta tormenta del tiempo trunco, tanta tormenta turbia, tanta... para un silencio.

Por el fondo un segundo envuelve al frío del dolor, que de un niño vestido, lanza apretando su puño, la lágrima al trote de caballos alados frente al féretro de pino negro lustrado. Inevitable el rostro pálido, casi sin sonrisa, desanimada devolución de ángeles encarcelados coronan a la soledad...
La chusma-muerte arrastra su ánima por los corredores de mausoleos esquivando fantasmas cansados del llanto humano -hay rodillas gastadas alrededor de la hierba húmeda-. Y el mismo epitafio, clavado en la sangre del destierro salvado con el recuerdo:

Tanta tormenta tanta, tomada triste, de tus otros tiempos, de tus otros tintes, tanta tormenta del tiempo trunco, tanta tormenta turbia, tanta... para un silencio.

¡Sí, silencio que se quiebra en el vuelto de monedas sin valor!. ¡Discreción que nadie compra!. ¡Silencio de preso-libre, que al mundo llano repara en la vanguardia de la expectativa! De vez en cuando, él mismo, me regocija en los brazos de la locura o la inocencia, como madre ama mis pretensiones y caprichos (yo mismo), por lo tanto, lamento descubrirme entre el sonido que me oculta de la paz ilustre, de la sinceridad, de la mentira del espejo: ¡De tanta tormenta trunca!. Un tanto tranquila, atontada, atónita, de entre todos los tiempos un tanto distante, titiritera con tiras de tinta titánica, con tan - tan - tan..., tanta toa me tienta taciturna en mi estado de silencio...

A él lo observo, lo anhelo. Del silencio de la muerte, silencio abstracto a mis horas regalo para no ser. Para no volver a mí, para censurarme, pensar, soñar, cotejar, deslumbrar, para desnudar el hilo simple de la esencia y anudar un sello con mi nombre a la noche clara, a la luna tímida después de la tempestad.

Ariel Zagarese
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2ª Mención

Estacion de salida


...no te aflijás, guachito, total qué si venceremos
nunca estuvo más oscuro que antes de atacar.

Julio Huasi


La página,
la última página en blanco de tu vida
está manchada
de whisky barato,
de vómito,
de la suciedad que deja el miedo,
las medicinas,
las palabras rotas,
el sabor a sangre de los apellidos.
Y no te importa demasiado
si cuando la ondeas
lánguida
como una bandera en derrota
las burlas o la indiferencia
se adueñan de su vuelo
torpe y sin letras
de su presencia menesterosa
ante los soplos risotados
de cualquiera o de los enemigos.
Hoy,
día de diciembre
de un año ya podrido
abres el sobre vacío
de la eterna noche a solas
y rescatando versos y canciones secas
mandas al mundo tu mensaje vano
y te armas de escudo y derecho
porque sabes que aún falta por llegar
la verdadera lucha a muerte
y en realidad qué
si no vences
si no llegas
si ciertamente
nunca estuvo tan oscuro
como antes de nacer
como antes de atacar.

Domingo López
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3ª Mención

(fragmento de Media Estrella Fugaz)

Como un árbol.
Los pies hundidos.
Las manos desgajadas de hojas muertas.
El pecho apuñalado de navajas furtivas.
Así estoy yo,
Mujer verde y transplantada.
El olor en mis raíces de la tierra mojada,
Y mis ramas que se estiran a la nada.


María Ester Farías
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4ª Mención

La Princesita

Con quince lunas, hermosa princesa,
novia es de un valeroso guerrero,
guardia de los Curá, la realeza,
más bravo que un puma o que el pampero.

Nacida en tierra de los Salineros,
en las orillas de Laguna Verde,
en campos alborotados de teros
donde el fugaz horizonte se pierde.

En el amanecer, azul, brumoso,
abre el cielo rebozo de la amargura.
De la lechuza el vuelo silencioso,
desdichas anuncia, desde la altura.

Llegan las tropas a la toldería.
A los Curá protegen los lanceros,
pero en la batalla rauda y bravía,
caen las huestes de los Salineros.

En los cañizales clama el chajá,
se espantan los loros entre los pinos.
¡Pobre sobrina de Namuncurá!
En tumulto fatal, huye su equino.

Ve perderse a los suyos, a lo lejos.
A la toldería la tropa arrasa.
Se tiñe el cielo de brillos bermejos,
y es prisionera del coronel Daza.

Los soldados, al hallarla tan bella,
grave la mirada, el porte arrogante,
la denominan "del bosque, doncella".
No logran quebrar su aire distante.

Una faja ajusta su pie pequeño,
de perlitas de cristal, recamada;
vincha en su cabello, negro, sedeño,
en azul, oro y plata, trabajada.

De sus orejas penden grandes aros
que arrojan esplendorosos destellos,
y sobre el corsé, de colores claros,
perlas de plata, canutillos bellos.

Pollera labrada de fina lana,
luce la hija de Reumay Curá,
prendida a la manera pampeana,
porque la niña a caballo irá.

En el fuerte, de muchos deseada,
princesa que el nombre, el tiempo borrara,
rehúsa esposo "huinca", fastidiada,
insiste en español, con su voz clara.

La prisión le abre las puertas, la espera,
con su peste voraz, su desatino.
¡Pobre niña! Recién en primavera;
en el olvido, se hunde su destino.

Norma Arceguet
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5ª Mención

En la barra 79, compañero sobreviviente recuerda

Salió del trabajo
sin saber
por dónde
habría de entrar
a este "free shop" del miedo
que algunos ven llegar
y aprietan dentro suyo:
el puño el ojo el pensamiento, y las palabras...
hasta que ya no existen.

Pero los más
como él
--sin dudas--
crecieron
con los ojos
tan abiertos
que las balas pasaron sin golpear
sus retinas
fueron un cuadernario
los recuerdos:
el sueño de la madre
una mirilla
abierta
por las noches
su mujer aguardaba
cada espera
los hijos, solamente,
reposaban
por ella
aún regresa
la memoria del hombre,
el polvo detenido sobre el tiempo;
porfiadamente vuelve
se detiene nos mira se sonríe
nos pregunta
--y avanza--
con nosotros
por nos-
(y)
-otros
acerca la mañana.

Nahuel Santana
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El jurado en la categoría Poesía estuvo integrado: por Graciela Gianetti (Licenciada en Lenguas Modernas, coordinadora del Taller Itinerante de Letras Paraná), Ricardo Maldonado (director de la revista cultural El TrenZonal, autor de libros de poesía como Aguaflor, Solar Sostenido, etc.) y Arturo Firpo (Doctor en Literatura --Clermont Ferrand-- y secretario de Extensión de la Facultad de Cs. de la Educación, Universidad Nacional de Entre Ríos).
La Preselección había estado a cargo de Marcelo Mangiante (director de la Biblioteca Tilo Wenner, escritor), Lucas Mercado (curador de Casa Cueva --espacio de arte-- y director de la revista de cultura cómic Los Tripulantes) y Pablo Rodríguez (director de la revista cultural Pr Pr Ha).